LA PUTA, LA DECENTE, LA BONITA Y LA FEA: UN MUNDO ENTRE ETIQUETAS

3 Feb

Es 2014, se supone que muchos tabúes han sido derribados, o al menos las personas que lo hemos hecho pensamos que un nuevo siglo también traería una apertura sexual como algo natural del ser humano y no todos estos paradigmas y estereotipos a los que estamos sujetos día a día. Los locos de la inquisición sexual se mudan siglo tras siglo y reencarnan una y otra vez para recordarnos que aunque en la biblia creó el sexo como un medio para reproducción, es culpa nuestra que lo hayamos desvirtuado hasta llegar a esta Sodoma moderna en la que vivimos.

Desde mi perspectiva sexual, dejamos que una iglesia represiva nos meta en la cabeza que moriremos achicharrados en la quinta paila del infierno solo porque decidimos darnos placer sin restricciones, entonces allí es donde entra el diablo, a decirnos que está bien mastubarnos, que el sexo sin compromiso es lo máximo y el amor está pasado de moda.

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La historia siempre ha sido muy poco caritativa con el sexo femenino. Tal vez se deba a que la mujer según la visión cultural cayó en desgracia muy pronto a través de los símbolos religiosos – la Mitológica Eva condenando al mundo al sufrimiento debido a su curiosidad – o al simple hecho, que la visión patriarcal de la sociedad siempre dejó muy claro que la mujer no tenía identidad propia. Cualquiera sea el caso y a pesar de las reivindicaciones pasadas y presentes, la decidida transformación de la opinión social de la mujer, lo femenino continúa limitado a una serie de ideas que casi todos asumimos como cierta aunque no tengamos real idea de donde provienen. O peor aún, que aceptamos aunque no sepamos realmente cual es su origen. El mundo como parte de una herencia que nos supera o lo que es lo mismo, el sin razón de lo que somos, a donde vamos y porque avanzamos, con torpeza hacia una síntesis elemental de lo que llamamos realidad.

De niña, aprendí muy pronto que era inadecuada. Eso, claro, según las estrictas monjas del colegio donde me eduqué. Para ellas, la mujer tenía que cumplir una serie de requisitos para calzar en lo femenino tradicional, y yo, con mi cabello despeinado, mis rodillas llenas de rasguños, mi amor por la discusión y la polémica, no parecía tener un lugar en esa visión de las cosas.

Mi madre intentaba por todos los medios hacer de mí una gran dama: – Una mujer es paciente – me explicó – es amable y dulce. La mujer debe ser refinada y aprender que con la delicadeza, todo se puede.

Me pregunté si ella misma se creía esas palabras. La había visto varias veces, con su paso enérgico y malhumorado, recorriendo la casa con el brazo extendido y regañando a gritos a las mis hermanas mayores revoltosas y desordenadas. Sabía que le gustaba la disciplina, que disfrutaba los deportes, que era aficionada a la lectura y que tenía opiniones muy inteligentes. Pero bajo toda aquella máscara, yo sabía que se ocultaba una mujer tierna y llena de pasiones, inteligente y con ganas de gritarle algunas veces a mi padre que ella no era una cachifa y que se ubicara.

Y es que nunca he comprendido, nunca nadie ha sabido justificarme lo suficiente porque la moralidad, las llamadas buenas costumbres, la decencia tiene el derecho de arrebatar a la mujer su derecho a la opinión. Desde las cosas tan sencillas sobre como debe vestirse o hablar hasta las profundas, como su sexualidad y su maternidad, la sociedad parece tener una idea muy clara sobre lo que la mujer debe o no debe hacer. Probablemente se deba a que durante muchos siglos la cosa estaba clara: como compañera del hombre, la mujer era una silueta, una visión de la perfección doméstica que se aspiraba como contrapeso de lo masculino, ese mundo misterioso que transcurría puertas afuera de la casa. Nunca ha sido sencillo para la sociedad y la cultura comprender a la mujer como independiente de lo  masculino, como una identidad única que no tiene relación con esa interpretación del mundo bajo el concepto del “deber ser”. Incluso, en el auge del positivismo, de lo científico, el hombre continuó considerando a la mujer como una incógnita, como un misterioso sin resolver que tampoco interesaba mucho comprender.  La mujer, hasta entonces menospreciada y olvidada, se resumió a una idea que parecía solo reflejar la opinión que sobre ella tenía lo masculino. La mujer esposa, la mujer madre, la mujer compañera, la devota, la pura y la Santa. ¿Qué ocurría más allá de ese territorio seguro y evidente? ¿Qué ocurría más allá de la definición simple de lo femenino?

En esa frontera áspera de lo aceptable, parecían subsistir las mujeres que no se adecuaban al dogma. Desde las famosas defensoras de los derechos femeninos como Olympe de Gouges y Théroigne de Mericourt hasta la célebre y sufrida hermana del escritor Henry James, Alice, cuya vida el autor recrear en sus obras, mostrándola como el prototipo de mujer inteligente y apasionada, pero atrapada en una cultura represiva, lo femenino pareció dividirse entre lo aceptable y lo que no lo era. Un purgatorio que condenaba a la mujer con el ostracismo social y el exilio intelectual si intentaba enfrentarse a esa evidente linea donde la moral intentaba confinarla. ¡Y resultaba tan sencillo hacerlo! la mujer misma parecía ser principal promotora de la cárcel de los principios, de esa fina frontera entre lo moralmente comprensible y lo que lo superaba con creces. ¿Quienes somos en realidad, como parte de esta herencia histórica que nos agobia, que la mayoría de las veces nos presiona y nos insensibiliza?

Esa es una respuesta complicada en un mundo que esencialmente insiste en una única mirada a la realidad

Entonces creamos las máscaras… si disfrutas tu sexualidad, eres una puta, si te casa como manda la sociedad, eres una mujer decente, si eres bonita o eres fea, da igual total estamos expuestas a las etiquetas absurdas de esta sociedad moralmente destruida, socialmente incorrecta, corruptamente representada por todo aquello que puede ser bueno, malo, puto, feo o bonito.

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Una respuesta to “LA PUTA, LA DECENTE, LA BONITA Y LA FEA: UN MUNDO ENTRE ETIQUETAS”

  1. pajaroloco88 26 febrero, 2014 a 4:11 pm #

    En todo tienes razon, pero la solución está sólo en nosotros mismos. Las mujeres, madres, tías, abuelas, y otras,son culpables de enseñarles a las niñas todo ese tipo de conductas represivas y erradas sobre la sexualidad femenina. Y nosotros los hombres somos los responsables de ese machismo absurdo que implantados en nuestros hijos varones. Cuando nace un varón le felicitamos porque se va a coger a las niñas, pero sí es hembra, no mencionamos el asunto.
    Sí, tanto hombres como mujeres, tienen sus carencias sexuales y ambos géneros somos los culpables.
    Hasta que no eduquemos a nuestros hijos de manera diferente, seguirá existiendo insatisfacción sexual.

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